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Archive for February, 2011

TRANSLATING POETRY

Some of our readers are curious to know if there any secrets about translating poetry. On this subject I am pleased to defer to Paul Schmidt in the introduction to his brilliant versions in English of Rimbaud’s poems in French:

“I was to master  his poetry, to grasp his thought – whose record his poems were, that I knew – make it mine, to write his poems myself, as myself, in my own voice, in my own language. “Je’est un autre,” he writes. “I is somebody else,” indeed, in all his poems. So this is my Rimbaud, though I’m not Rimbaud, and he is not me. We are both somebody else.”

For my part, I’d just like to add that to interpret poetry – a more relevant verb than to translate- it helps being a poet.

Luis Zalamea, Feb. 17, 2011

En español:

Algunos lectores han expresado la curiosidad de saber si traducir poesía tiene alguna fórmula secreta. Sobre este tema me complace ceder la palabra a Paul Schmidt en la introducción a sus  admirables versiones en inglés de los poemas de Rimbaud en francés.

“Me propuse dominar su poesía, penetrar el  pensamiento que había labrado sus poemas, y hacerlos míos, es decir, escribir sus poemas yo mismo y y en calidad de yo mismo, en mi propia voz, en mi propio idioma. “Je’est un autre,” él escribe. Porque en efecto, “Yo soy alguien distinto” en cada uno sus poemas.  De modo que éste es mi Rimbaud, aunque yo no sea Rimbaud y él no sea yo. Somos ambos alguien distinto”.

Por mi cuenta agrego que para interpretar poesía – un verbo  más certero que traducir – conviene ser poeta.

Luis Zalamea, Feb. 17, 2011

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La noche está impregnada
del peso de demasiada vida,
de demasiado ruido,
de dolor desmedido:
los veo reflejados
en el rostro de mi padre,
escarlata en  luz vespertina
tras de su paseo puntualdiario
a la hora del ocaso.
Nos sentamos separados
por un metro de espacio
para conversar
sólo con miradas
y crudas señales
usando las manos,
ya que él dice que lo poco
que oye está deformado
por “ecos metálicos”.

El calor arrecia
¿O será que estoy acalorada?
El lleva puesto el mismo
suéter azul que hace años
luce de uniforme,
emblema limpio de sangre
de todas sus batallas.

Me sonríe
desde el viejo sillón
en medio de muelles cojines
donde acomoda
sus miembros doloridos,
y sus labios esbozan
la sonrisa presumida
de mostrar sus dientes intactos.
Levanto enhiesto el pulgar
en señal de aprobación
y él asiente con esa risita
que ambos sabemos
que no es la verdad
y está lejos de serlo…
Alcanzo a oír goteando
un grifo en el baño:
¿Acaso él olvidó cerrarlo?
Secreto compartido
desde hace ya tiempo,
quizás para que siga
entonando un salmo
de revancha
durante más y más años
ese salmo humilde
pero contundente,
de quienes \se burlan
descaradamente
de fatuos que abrazan
la pretensión ridícula
de que la existencia
hay que vivirla
cueste lo que cueste.
El  pugna por captar
mis palabras mesuradas,
mis bromas, mis mentiras.
Sé que conoce bien
que también ara mí
hay cosas peores cosas
que la muerte:
no poder recorrer
de nuevo la senda
trazada en otro tiempo,
ya sea por casualidad,
nuestras equivocaciones,
o simplemente Karma.
El aspira profundo
bocanadas de aire nocturno
ansiando absorber
en el corazón
un hilito  sedoso
de luna
para embriagarse
de noctívagos cantos
al compás del zumzum
de las chicharras
en su aleteo sin fin
y que se aglutina
hasta aglutinarse
con el aire espeso
que se evapora al alba
para dar comienzo
a otro día,
un día más
colmado
de esperas y miedos ,
un día cautivo
entre los ruidos de la nada,
la vastedad del espacio
y el fulgor de la luz
absoluta y finita
en que todo color
se purifica en blanco.
Allí sigo yo de testigo,
sin brindarle consuelo,
salvo  reconocer
cuán irremediablemente
absurdo es el espejo
al que nos aferramos
como si fuese de oro
clavado en pleno
ojo de nuestro sentido.
Entonces le susurro
en sus oídos sordos
lo más fuerte que puedo:
¡Corre, corre, corre,
para salvar tu vida!

Corre,
dá rienda suelta
a tu corazón
como aquellos monarcas
que surcaron el mar hacia
un lugar olvidado en México,
las aves que emigran al sur,
los delfines a caza de atunes,
y los bobos que creen en quimeras,
¡Corre!
Y deja que los vientos del sur
te lleven a cuestas por encima
de la Corriente del Golfo
hasta sentir el embate
de feroces vientos gélidos
en medio de nubes
voladoras que trituran
del Artico sus nevadas cimas
para asombro de los precavidos.
¡Corre!
Invade a carcajadas
las moles macizas de hielo,
corre muy alto
sobre el horizonte
hasta las cúpulas de oro
de los templos de Himalaya,
y allí,
en el más leve
de todos los aires,
coronado por una sonrisa,
te espera el propio Buda.
Libérate de una vez
y para siempre.

Vuelvo a hacer
a mi padre la señal
de aprobación
con el pulgar enhiesto.
Ahora no sonríe:
asiente con la cabeza,
tal vez para que yo sepa
que esta vez sí me ha oído.

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The night is wet with
the heaviness of too much life,
of too much noise,
of much too much pain :
I can see it in the face
of my father,
flushed
in the night light –
still slightly ruddy
from the late afternoon walk.
We sit
not 2 feet
from each other
and  talk
only
with our eyes,
or crude hand gestures,
as what little he hears
is distorted by “a metallic sound.”

I am warm,
more like uncomfortably hot,
but he wears the same
blue sweater from years ago –
like the proud uniform
of the bloodless.
He smiles from his chair
adorned with stacks of pillows
to coddle his ailing limbs:
a proud smile
that announces he still
has all his own teeth.
I give him the thumbs up,
and he nods – but we both
know it’s not true –
far from it…

I can hear the drip of the bathroom
sink,
like the chorus of time
it announces the same
shared secret – that yes,
he’s once again
left the sink running –
singing a song of revenge:
free flowing
at all expense –
like the years spent –
laughing
openly
at the ridiculous pretense:
life is worth living at any price.

He struggles to hear
my measured words –
my pleasantries,
my lies –
I know he knows,
and I
that there are things
worse than death.
That there is no way
to skirt the path
long drawn by luck –
choices,
or blatant karma.
He draws a deep
night air breath,
as if to pull the silky
taper of a moon beam
to his heart –
as if to drink the night song
vibrant with the drumming
wings of cicadas-
as if to meld into the thick
and heavy night air
which by morning
will have vaporized
to just another day…..
just another long day
of waiting
and fearing
the sounds of nothing,
the vastness of open space
the brightness of absolute
and finite light
where colors fade to
pure white
and I sit witness,
offering little solace,
but simply
recognizing
the complete and utter
absurdity of this
mirror we hold
as tight as gold
to our mind’s eye –

I want to whisper in his
deaf ear:
as loudly as my throat
will howl –
“Run – run- run
for your life –
Run and free your heart –
like the monarchs swarming
over the ocean to some
God forsaken town in Mexico,
like the warblers migrating south –
like the dolphins chasing tuna,
and countless idiots chasing
their dreams –
run and let the southern winds
lift you past the Gulf stream
into the cold blasts of angry
Arctic winds –
into the clouds that bash
and blast frigid snow
on the unsuspecting –
laugh yourself into frozen
mountains –
high,
past the horizon,
to the golden roofs
of Himalayan temples,
and there in thinnest of airs
under the smile of Buddha
himself –
be free
once and for all.

I give him the thumbs up
again,
but this time
he doesn’t smile,
just nods,
as if he has heard me…..

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I have been posting poems on this blog as steadily as possible.  Some are older poems, and some more recent.  You may notice a wide range in length of these poems, and in subject…but they are all heart felt musings and a part of my growth as a person and poet.  Spring has suddenly arrived here in north west Florida, and it makes me long for the mountains of Montana – the cool brisk air and the time I have there to truly write.  I will continue to post poems from my Montana wanderings for the next few days.  I also hope to have some more recent poems written in the last few months up on the blog soon – and some of my dad’s own poetry in Spanish.  Please keep checking for new posts, enjoying and giving us some feedback.

 

In peace and light,

Pilar and Luis – the “duo”

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Allí está
una vez  más
el lobo gris
encaramado
en la loma.
apenas asoma
el sol
en la serranía
detrás de Quake Lake
y siento en la nuca
el rocío de tus
lances nocturnos,
de salvia dulce
fragante,
y volteando
la cabeza
y los ojos cerrados
atisbo un olmo temblón,
y en sus ramaa
escucho los latidos
de tu enorme corazón:
estruendo
de aguas profundas
y caudalosos torrentes
que arrastran
un surtido
de tus presas predilectas:
el antílope rayado,
el ciervo de rabo blanco,
y el más bravío
de todos tus supervivientes –
la liebre timorata
aferrándose al eco
de su propio,
leve aliento.

Con el sol a mis espaldas,
me asombra
cómo su mirada
refulgente
y descarada
quema
mis sienes
con llamas
hasta herrar allí
de la muerte
su marca más colorada
-La petit morte –
Y en silencio el cauda
se detiene en su espiral
hacia la nada,
naciendo,
cayendo,
para nacer nuevamente,
para nacer de nuevo…

Una ráfaga del norte
arrastra nubecillas alargadas
y parece descorrer
una cósmica cortina
para envolver el camino,
el banquillo
e incluso el sol,
ese sol aun indeciso.
en una masa grisásea
hecha de nada.
En un instante,
ya se ha escondido….

Esta noche,
en pleno equinoccio
de otoño,
con la luz opaca
y la sombra brillante
de una luna que anuncia
la llegada del tiempo
de las cosechas,
todo a mi derredor
es intangible.
inasible
y libre,
ilímite
y abierto
como el oro de tus ojos.
llegada la hora
de saborear la plenitud
de tu deseo.

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Here he is
again –
the gray wolf
at the top of the hill.
As the sun breaks over
the ridge
behind Quake Lake,
I feel the dew from
his night wanderings
against the nape of my neck:
it smells of sweet sage
and aspen,
I turn
eyes closed
to hear the racing
of his huge heart
like the crashing
of  deep
torrential  waters,
bearing the names
of all his best kill:
the painted antelope,
the swift whitetail,
and bravest of the last
to stand –
the timid hare,
holding tight to
the echo of
thin breath…

My back to the sun,
now
his gaze
golden
brazen
burns
a flame
on my brow –
I  glow
with the crimson
mark of death :
La petit morte –
the silence in the torrent
the pause
in the breath –
the spiral toward nowhere,
the fall,
the birth
and re birth….

A  gust from the north
brings with it
a long sheath of a cloud:
it unravels
like a huge curtain
wrapping the road,
the bench,
and
the still timid sun
in slick grayness –
in nothingness.
In an instant
he is gone.

Tonight,
on this fall equinox:
this most balanced
of days:
when light is dark
and dark is light,
under this harvest
and richest of moons,
It all becomes one:
intangible
and
limitless,
boundless
open
and
free
as the gold in those eyes –
it is then,
I taste his desire.

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Looking out over the green
gray
winter waves
I see a long progression
of years:
like the sea foam,
they disperse
into the huge scope
of churning waters,
expansive
and all inclusive:
melding into
the vast horizon
where they fall,
counted,
wasted,
graced
a full 60….

Long ago,
a young poet
ended a verse with:
“I have wasted my life.”
At the time,
I thought it was dark
and clever.
But,
I have relished
my life,
seeing how others
would not,
could not.
Like the  royal palm
leaning
in this winter
sea wind ,
its brittle fronds
rustling,
I stand
face to the water
and sing
to the gift of life:
all the grit
and grace
pulled
year by year
from my heart
falls
into the space
between thought
and realization;
it tiptoes
cleverly
around my so called
conscious mind:
which dry
like the fronds,
has no color –
hollow:
an empty shell
of regrets
misgivings
judgments….
but in its
very center
lies the feel
of spring
and
hope.

No,
I tell myself
out loud,
I have not wasted my life.
I have gray
in my once raven
black
to prove it,
and what’s more
I wear it like an emblem
proud –
this  mundane badge
of struggle
and desire
to feel the best
and worse
this  awkward passage
has to offer:
all the messy muck
of life,
the brightest
darkest –
every variation
of shade
in the gleam
of the blinding
burning
vibrant
radiance
we are gifted….

I whisper out loud
as if the sea
might carry
my words
way past this day,
this place
this century
this realm
this now
this very moment :
“I have not wasted my life,
but
soon
it will
have wasted me.”

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We walked under the hazy
winter morning sun,
slowly
led by the dog’s
scenting desires,
motion,
slow
limbs tight
in comfortable silence,
taking in the usual,
and not so –
a home abandoned,
shingles laying
in a  perfect,
unplanned
circle
on the dead grass
a message
desperate:
“where did they all go?”
Once there were
memories made here,
children singing
dogs barking,
and
the sweet , sweet scent
of freshly baked bread….
On the rotting front porch,
I see a rag doll
many long nights
has it seen
neath a sole bulb
hanging
still lit –
like a sad afterthought
that maybe a soul
might once more cross
this pathetic threshold…

We note,
but say nothing:
then a cardinal
breaks the silence,
darting onto the
magnolia
still elegant
in dark green
foliage,
its coarse and wide leaves
like little dugout boats
on which the birds
might float
into spring rains.

But those are far off,
everything spells
winter:
the broad clouds
covering the sun,
knotted vines:
like tendrils
strangling
all life in sight:
even the hardy
rosemary
has faded
stricken
by morning frost.
Our sound
is echoed :
footfalls
under a canopy
of live oaks.

We love these:
they reach across
the block
with their strong arms,
and intertwine
right over our heads.
Like ancient
lovers,
reaching from
ageless trunks
toward each other.
They’ve been doing
just this
since the days
of Spanish galleons:
forever.
Lucky to have
survived
felling –
these two
lovers
would boats not be.
We can feel
their power
and knowledge
way past this
morning –
far back
to a time
when these oaks
stretched in a massive
forest –
Gulf to bay.

You told me once
about a dream
in which
you walked alone,
naked
under an endless canopy
of live oaks….
I look at you,
and believe
in my heart
it was not a dream….
not by a long stretch.
You were there,
sailor mine,
of this I’m sure:
as if to punctuate
my intuition –
you look up
toward the highest
tree tops,
and a gold coin
drops from just
under your chin,
you look at me
and wink…
we both know.

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El valle en su círculo de serranías:

sombríos presagios invernales

estremecen  la cuenca dorada

con memorias de crueles heladas,

ajenas a humildes faenas otoñales:

el ratón montés en pos de sustento,

el antílope más cerca del camino

que busca ruda y manzanilla.

He visto plasmadas en cascajo suelto

huellas de sus patas curváceas

y también se ven en la tierra negra

donde cavan laboriosos topos

para acaparar  la bonanza

de grillos y saltamontes cebados

de los últimos días del estío.

Y al fondo, coronan las nubes

un cosmos ávido de vida.

Ha tiempo las aves más morosas

volaron a campos fecundos:

el solitario gavilán llanero

que osa cruzar trochas

y aterrizar en sementeras,

cigüeñas areneras de vago gorjeo,

fantasmas entre la penumbra

del final de septiembre.

Por ahora planea tan sólo

el cuervo al bajar de su escondite:

¿Se querrá burlar acaso de esos

otros pájaros que  se rindieron

ante el embate del invierno

y de las ventiscas que empujan

al ganado a lejanos corrales:

manchas tristes, oscuras

que titilan en  el valle dorado,

sobrevivientes que intuyen

que el pastaje de verano pronto

será bistec en incontables platos,

y de hocico a rabo,

se defienden de los vendavales,

ya resignados a su suerte,

mugiendo destempladamente –

sonidos patéticos que rasgan

la quietud  de otoño,
y un poco risibles

en criaturas tan contundentes

en peso y tamaño.

Los álamos temblones

han perdido sus  hojas,

salvo las más tenaces,

ahora teñidas de marrón,

pegadas ramas marchitas

al pairo de ráfagas norteñas

que aceleran su paso,

presagio de días cortos

y súbitos chubascos

para engatusar a los llanos

con lapsos refrescantes

en medio la aridez creciente,

señal de una sequía

tórrida y prolongada…

No recuerdo

una gota de lluvia

en agosto ni septiembre.

Los pastos y yo

no nos dejamos embaucar:

reconocemos

la potencia de estos cielos

colosales,

irreverentes,

que dominan

todos los horizontes

como implacables amos,

omnipotentes,

temerarios,

capaces de hacer astillas

a cada rayo de sol

que pinte un arco iris

en la luz opaca del ocaso.

Vedlos erguirse,

titánicos y negros

en el firmamento

decretando su fin,

definitivo y último,

con una sola salva inequívoca

de luz,

la luz de la existencia.

Ahora

solamente sobreviven

los que gozan

de la calidez

prolongada

y munífica

del verano.

Me pongo de pie,

de frente

a la ribera meridional

del Madison

en los vestigios

de luz de este día

y evoco el primero

de muchos amaneceres

de verano…

Unos teñidos de oro,

otros  de diversas gamas,

y siento la garganta

colmada de colores:

los azules de julio

en la mañana,

los verdes depurados

de las yertas aguas

del Lago de los Ecos,

el gris pizarra

de acantilados yermos

ribeteados de nieve

aun en el verano.

Yo misma soy un lienzo

que las nubes quieren

oscurecer,

de ello estoy segura.

Dejo que se apresuren

al grito de mi desafío:

“¡Vamos, desencadenad

de una vez el invierno!”

Es tan sonoro el reto

que sacude a mi perra

de su profundo sueño,

y yo estoy bien despierta

para afrontar a las nubes

con este canto de guerra.

Hoy se han apoderado del valle,

por encima de la serranía,

sombríos presagios invernales,

heraldos de los días negros que se acercan

y hacen temblar el valle de oro

con la memoria de crueles heladas,

y son ajenos a las faenas otoñales

de ratoncillos monteses

en su búsqueda del sustento diario,

mientras las nubes coronan

ese cosmos de montes ávido de vida:

los antílopes pastean cada vez

más cerca del camino en pos

de hojitas de verde y olorosa manzanilla:

porque visto las huellas curváceas

de sus patas impresas

sobre el cascajo suelto

y

las que adornan

los montículos frescos

de fértil tierra negra

cavados cotidianamente

por laboriosos topos,

igualmente duchos

en acaparar

la bonanza

de esos enormes grillos

y saltamontes.

de finales de estío.

Los últimos pájaros

hace tiempo

alzaron  vuelo

hacia campos más fecundos,

entre  ellos

el solitario gavilán llanero,

que osa cruzar la carretera

y aterrizar en las sementeras –

y no hace mucho tiempo oí

los vagos gorjeos

de  migratorias

cigüeñas areneras

esfumándose

cual fantasmas

en la penumbra

de fines de septiembre.

Ahora,

tan sólo el cuervo planea

al bajar de su guarida secreta,

quizás para burlarse

de otras aves

que no permanecieron

quietas ante el embate

de ventiscas invernales

que empujan el ganado

hacia cercados en la lejanía:

manchas negras,

melancólicas

que titilan en el valle dorado:

sobrevivientes que intuyen

que pronto el pastaje veraniego

será bistec en muchos platos,

del hocico al rabo,

y defienden su terreno

en contra de los vendavales,

resignados a su suerte,

y quiebran la quietud de otoño

con bramidos letárgicos,

largos y destemplados,

por no decir patéticos,

porque al fin de cuentas,

resultan tristemente cómicos

para criaturas

de su peso y tamaño.

Los álamos temblones

han perdido sus hojas todas,

salvo las más tenaces,

que hoy pintadas de marrón,

se aferran a ramas marchitas

en medio de ráfagas norteñas

que aceleran su paso,

prólogo de días más cortos

y de súbitos chubascos

como para engañar

a los pastos

con esos lapsos refrescantes

en medio de aridez que crece

como prólogo de una sequía

tórrida y prolongada –

no recuerdo

una sola gota de lluvia

en agosto o septiembre…

Pero ni los pastos

ni yo

nos dejamos embaucar:

sabemos reconocer

la calidad respetable

de estos cielos

tan colosales

como irreverentes

al coronar

todos los  horizontes

tal como si fueran amos

omnipotentes y sin miedo.

que despedazan en astillas

cada rayo de sol

que se atreva

a pintar un arco iris

en la opaca luz vespertina:

se yerguen fuertes y oscuros

a través del firmamento

y le dictaminan su fin,

final y definitivo

con una salva inequívoca

de luz,

de luz de la existencia.

Por ahora

solamente sobreviven

los que han gozado

por completo

de la calidez larga y munífica

del verano.

Me levanto

y  hago frente

a la rivera meridional

del Madison,

en los últimos

vestigios de luz

de este día,

y evoco el primero

de muchos amaneceres

de verano –

los dorados,

y otros fundidos con diversas gamas–

me parece como si la garganta

se me fuera llenando de colores:

los más azules

de julio en las mañanas,

los verdes depurados

de las aguas yertas del Lago Eco,

el gris pizarra

de acantilados yermos

cubiertos con el blanco

de nieves de verano,

Yo misma me siento

como el lienzo

que estas nubes quisieran

oscurecer,

de ello estoy segura.

Entonces las dejo

que se apresuren

a marchar hacia adelante

y las desafío:

“¡Vamos, desencadenen el invierno!”

con gritos tan sonoros

que asustan

a mi perro dormido

y a mí misma,

pues pienso recibirlos.

con este canto desatado.


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Montana Fall

The gray dark omens of winter
have overtaken the valley today:
sitting over the mountains’ crest
like the bearers of dark days,
shrouding the golden valley
in shades of winter tales:
aloof to the fall scavenging
of even the tiniest of field mice,
the clouds sit over
this mountain universe
so intent on survival:
the antelope feeding closer and
closer to the road,
finding  tiny green clumps
of  fragrant chamomile.
I’ve seen their curved
prints on the loose gravel,
and
adorning the fresh mounds
of rich black soil
created daily
by moles,
busy too,
hoarding
the  late summer bounty
of huge crickets
and grasshoppers.

The last of the birds flew off
weeks ago – even the lone
prairie hawk has moved to
richer grounds – daring
to dart across the highway
onto furrowed fields –
and    not long ago,
I heard
the vague gurgling
of  migrating
sand hill cranes:
ghostlike
it faded
into the dusk light
of late September.
Now,
only the raven glides
down from some unknown perch
as if to mock
those of us left standing
facing the onslaught
of winter winds
that push the cattle
closer and closer
to the far off gate
like sullen dark blurs
in the valley’s golden sheen.
They gather like sullen
survivors who know
how soon their summer
grazing will turn
to meat on someone’s plate.
Nose to tail
they hold their ground
against the wind,
resigned to their fate,
only to break the
autumnal silence
with a lethargic wail –
long and shrill
almost pathetic,
but in the end,
sadly comical
for creatures
of their girth and size.

The aspen have lost
all but a few stubborn leaves,
brown,
they cling to withering branches,
as the gusts from the north
quicken their pace,
heralding shorter days
with sudden rain
as if to tease
the grasses
into a refreshing lapse
from the stiffening dryness
of a long and scorching drought –
I cannot recall
a single drop of rain
in all of August or September….

But neither they
nor I
are fooled.
I’ve come to recognize
the serious quality
of these colossal
skies –
these growing,
irreverent clouds:
they hover over
the landscape
like the rulers that they are:
omnipotent and fearless,
obliterating shreds
of sunlight that dare
paint an afternoon rainbow
in the opaque light.
They step strong and dark
across the sky,
announcing the end
the very end –
in no uncertain terms
of light –
of lightness of being.
For now,
only those who have
succored
in full delight
from the summer’s long
and bountiful warmth
will survive.

I stand and face
the southern ridge
of the Madison,
and in the last
of today’s light,
I can feel the earliest
of the many summer
sunrises –
golden
and molten
it fills my throat
with color
like the bluest of July’s
morning skies,
like the sheerest green
of Cliff Lake’s cool waters,
and the slate gray
of barren cliffs
filled with the white
of snow –
summer snow.
I am the very canvas
these clouds long to obscure,
to blacken,
of this I am secure.
So let them
rush forth,
let them march on,
“bring on the winter!”,
I threaten
loud enough  to scare
the sleeping dog,
and  myself –
bring it on,
I think ……
and I will unfurl my song.

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