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Archive for February, 2011

We walked under the hazy
winter morning sun,
slowly
led by the dog’s
scenting desires,
motion,
slow
limbs tight
in comfortable silence,
taking in the usual,
and not so –
a home abandoned,
shingles laying
in a  perfect,
unplanned
circle
on the dead grass
a message
desperate:
“where did they all go?”
Once there were
memories made here,
children singing
dogs barking,
and
the sweet , sweet scent
of freshly baked bread….
On the rotting front porch,
I see a rag doll
many long nights
has it seen
neath a sole bulb
hanging
still lit –
like a sad afterthought
that maybe a soul
might once more cross
this pathetic threshold…

We note,
but say nothing:
then a cardinal
breaks the silence,
darting onto the
magnolia
still elegant
in dark green
foliage,
its coarse and wide leaves
like little dugout boats
on which the birds
might float
into spring rains.

But those are far off,
everything spells
winter:
the broad clouds
covering the sun,
knotted vines:
like tendrils
strangling
all life in sight:
even the hardy
rosemary
has faded
stricken
by morning frost.
Our sound
is echoed :
footfalls
under a canopy
of live oaks.

We love these:
they reach across
the block
with their strong arms,
and intertwine
right over our heads.
Like ancient
lovers,
reaching from
ageless trunks
toward each other.
They’ve been doing
just this
since the days
of Spanish galleons:
forever.
Lucky to have
survived
felling –
these two
lovers
would boats not be.
We can feel
their power
and knowledge
way past this
morning –
far back
to a time
when these oaks
stretched in a massive
forest –
Gulf to bay.

You told me once
about a dream
in which
you walked alone,
naked
under an endless canopy
of live oaks….
I look at you,
and believe
in my heart
it was not a dream….
not by a long stretch.
You were there,
sailor mine,
of this I’m sure:
as if to punctuate
my intuition –
you look up
toward the highest
tree tops,
and a gold coin
drops from just
under your chin,
you look at me
and wink…
we both know.

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El valle en su círculo de serranías:

sombríos presagios invernales

estremecen  la cuenca dorada

con memorias de crueles heladas,

ajenas a humildes faenas otoñales:

el ratón montés en pos de sustento,

el antílope más cerca del camino

que busca ruda y manzanilla.

He visto plasmadas en cascajo suelto

huellas de sus patas curváceas

y también se ven en la tierra negra

donde cavan laboriosos topos

para acaparar  la bonanza

de grillos y saltamontes cebados

de los últimos días del estío.

Y al fondo, coronan las nubes

un cosmos ávido de vida.

Ha tiempo las aves más morosas

volaron a campos fecundos:

el solitario gavilán llanero

que osa cruzar trochas

y aterrizar en sementeras,

cigüeñas areneras de vago gorjeo,

fantasmas entre la penumbra

del final de septiembre.

Por ahora planea tan sólo

el cuervo al bajar de su escondite:

¿Se querrá burlar acaso de esos

otros pájaros que  se rindieron

ante el embate del invierno

y de las ventiscas que empujan

al ganado a lejanos corrales:

manchas tristes, oscuras

que titilan en  el valle dorado,

sobrevivientes que intuyen

que el pastaje de verano pronto

será bistec en incontables platos,

y de hocico a rabo,

se defienden de los vendavales,

ya resignados a su suerte,

mugiendo destempladamente –

sonidos patéticos que rasgan

la quietud  de otoño,
y un poco risibles

en criaturas tan contundentes

en peso y tamaño.

Los álamos temblones

han perdido sus  hojas,

salvo las más tenaces,

ahora teñidas de marrón,

pegadas ramas marchitas

al pairo de ráfagas norteñas

que aceleran su paso,

presagio de días cortos

y súbitos chubascos

para engatusar a los llanos

con lapsos refrescantes

en medio la aridez creciente,

señal de una sequía

tórrida y prolongada…

No recuerdo

una gota de lluvia

en agosto ni septiembre.

Los pastos y yo

no nos dejamos embaucar:

reconocemos

la potencia de estos cielos

colosales,

irreverentes,

que dominan

todos los horizontes

como implacables amos,

omnipotentes,

temerarios,

capaces de hacer astillas

a cada rayo de sol

que pinte un arco iris

en la luz opaca del ocaso.

Vedlos erguirse,

titánicos y negros

en el firmamento

decretando su fin,

definitivo y último,

con una sola salva inequívoca

de luz,

la luz de la existencia.

Ahora

solamente sobreviven

los que gozan

de la calidez

prolongada

y munífica

del verano.

Me pongo de pie,

de frente

a la ribera meridional

del Madison

en los vestigios

de luz de este día

y evoco el primero

de muchos amaneceres

de verano…

Unos teñidos de oro,

otros  de diversas gamas,

y siento la garganta

colmada de colores:

los azules de julio

en la mañana,

los verdes depurados

de las yertas aguas

del Lago de los Ecos,

el gris pizarra

de acantilados yermos

ribeteados de nieve

aun en el verano.

Yo misma soy un lienzo

que las nubes quieren

oscurecer,

de ello estoy segura.

Dejo que se apresuren

al grito de mi desafío:

“¡Vamos, desencadenad

de una vez el invierno!”

Es tan sonoro el reto

que sacude a mi perra

de su profundo sueño,

y yo estoy bien despierta

para afrontar a las nubes

con este canto de guerra.

Hoy se han apoderado del valle,

por encima de la serranía,

sombríos presagios invernales,

heraldos de los días negros que se acercan

y hacen temblar el valle de oro

con la memoria de crueles heladas,

y son ajenos a las faenas otoñales

de ratoncillos monteses

en su búsqueda del sustento diario,

mientras las nubes coronan

ese cosmos de montes ávido de vida:

los antílopes pastean cada vez

más cerca del camino en pos

de hojitas de verde y olorosa manzanilla:

porque visto las huellas curváceas

de sus patas impresas

sobre el cascajo suelto

y

las que adornan

los montículos frescos

de fértil tierra negra

cavados cotidianamente

por laboriosos topos,

igualmente duchos

en acaparar

la bonanza

de esos enormes grillos

y saltamontes.

de finales de estío.

Los últimos pájaros

hace tiempo

alzaron  vuelo

hacia campos más fecundos,

entre  ellos

el solitario gavilán llanero,

que osa cruzar la carretera

y aterrizar en las sementeras –

y no hace mucho tiempo oí

los vagos gorjeos

de  migratorias

cigüeñas areneras

esfumándose

cual fantasmas

en la penumbra

de fines de septiembre.

Ahora,

tan sólo el cuervo planea

al bajar de su guarida secreta,

quizás para burlarse

de otras aves

que no permanecieron

quietas ante el embate

de ventiscas invernales

que empujan el ganado

hacia cercados en la lejanía:

manchas negras,

melancólicas

que titilan en el valle dorado:

sobrevivientes que intuyen

que pronto el pastaje veraniego

será bistec en muchos platos,

del hocico al rabo,

y defienden su terreno

en contra de los vendavales,

resignados a su suerte,

y quiebran la quietud de otoño

con bramidos letárgicos,

largos y destemplados,

por no decir patéticos,

porque al fin de cuentas,

resultan tristemente cómicos

para criaturas

de su peso y tamaño.

Los álamos temblones

han perdido sus hojas todas,

salvo las más tenaces,

que hoy pintadas de marrón,

se aferran a ramas marchitas

en medio de ráfagas norteñas

que aceleran su paso,

prólogo de días más cortos

y de súbitos chubascos

como para engañar

a los pastos

con esos lapsos refrescantes

en medio de aridez que crece

como prólogo de una sequía

tórrida y prolongada –

no recuerdo

una sola gota de lluvia

en agosto o septiembre…

Pero ni los pastos

ni yo

nos dejamos embaucar:

sabemos reconocer

la calidad respetable

de estos cielos

tan colosales

como irreverentes

al coronar

todos los  horizontes

tal como si fueran amos

omnipotentes y sin miedo.

que despedazan en astillas

cada rayo de sol

que se atreva

a pintar un arco iris

en la opaca luz vespertina:

se yerguen fuertes y oscuros

a través del firmamento

y le dictaminan su fin,

final y definitivo

con una salva inequívoca

de luz,

de luz de la existencia.

Por ahora

solamente sobreviven

los que han gozado

por completo

de la calidez larga y munífica

del verano.

Me levanto

y  hago frente

a la rivera meridional

del Madison,

en los últimos

vestigios de luz

de este día,

y evoco el primero

de muchos amaneceres

de verano –

los dorados,

y otros fundidos con diversas gamas–

me parece como si la garganta

se me fuera llenando de colores:

los más azules

de julio en las mañanas,

los verdes depurados

de las aguas yertas del Lago Eco,

el gris pizarra

de acantilados yermos

cubiertos con el blanco

de nieves de verano,

Yo misma me siento

como el lienzo

que estas nubes quisieran

oscurecer,

de ello estoy segura.

Entonces las dejo

que se apresuren

a marchar hacia adelante

y las desafío:

“¡Vamos, desencadenen el invierno!”

con gritos tan sonoros

que asustan

a mi perro dormido

y a mí misma,

pues pienso recibirlos.

con este canto desatado.


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Montana Fall

The gray dark omens of winter
have overtaken the valley today:
sitting over the mountains’ crest
like the bearers of dark days,
shrouding the golden valley
in shades of winter tales:
aloof to the fall scavenging
of even the tiniest of field mice,
the clouds sit over
this mountain universe
so intent on survival:
the antelope feeding closer and
closer to the road,
finding  tiny green clumps
of  fragrant chamomile.
I’ve seen their curved
prints on the loose gravel,
and
adorning the fresh mounds
of rich black soil
created daily
by moles,
busy too,
hoarding
the  late summer bounty
of huge crickets
and grasshoppers.

The last of the birds flew off
weeks ago – even the lone
prairie hawk has moved to
richer grounds – daring
to dart across the highway
onto furrowed fields –
and    not long ago,
I heard
the vague gurgling
of  migrating
sand hill cranes:
ghostlike
it faded
into the dusk light
of late September.
Now,
only the raven glides
down from some unknown perch
as if to mock
those of us left standing
facing the onslaught
of winter winds
that push the cattle
closer and closer
to the far off gate
like sullen dark blurs
in the valley’s golden sheen.
They gather like sullen
survivors who know
how soon their summer
grazing will turn
to meat on someone’s plate.
Nose to tail
they hold their ground
against the wind,
resigned to their fate,
only to break the
autumnal silence
with a lethargic wail –
long and shrill
almost pathetic,
but in the end,
sadly comical
for creatures
of their girth and size.

The aspen have lost
all but a few stubborn leaves,
brown,
they cling to withering branches,
as the gusts from the north
quicken their pace,
heralding shorter days
with sudden rain
as if to tease
the grasses
into a refreshing lapse
from the stiffening dryness
of a long and scorching drought –
I cannot recall
a single drop of rain
in all of August or September….

But neither they
nor I
are fooled.
I’ve come to recognize
the serious quality
of these colossal
skies –
these growing,
irreverent clouds:
they hover over
the landscape
like the rulers that they are:
omnipotent and fearless,
obliterating shreds
of sunlight that dare
paint an afternoon rainbow
in the opaque light.
They step strong and dark
across the sky,
announcing the end
the very end –
in no uncertain terms
of light –
of lightness of being.
For now,
only those who have
succored
in full delight
from the summer’s long
and bountiful warmth
will survive.

I stand and face
the southern ridge
of the Madison,
and in the last
of today’s light,
I can feel the earliest
of the many summer
sunrises –
golden
and molten
it fills my throat
with color
like the bluest of July’s
morning skies,
like the sheerest green
of Cliff Lake’s cool waters,
and the slate gray
of barren cliffs
filled with the white
of snow –
summer snow.
I am the very canvas
these clouds long to obscure,
to blacken,
of this I am secure.
So let them
rush forth,
let them march on,
“bring on the winter!”,
I threaten
loud enough  to scare
the sleeping dog,
and  myself –
bring it on,
I think ……
and I will unfurl my song.

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(Cajún es el nombre dado en la Luisiana
a los descendientes de inmigrantes
indígenas que llegaron allí hace 200 años
procedentes de la provincia
de Arcadia en Canadá)

Esta noche
luces irresoluta:
te escondes
en una estola gris
que te da vueltas
y más vueltas,
bailarina que dominas
cada uno de tus pasos,
huidiza tal vez,
y demasiado tímida
para tu belleza
gloriosa,
subyugante
y asombrosa,

Desde la penumbra
anhelo vislumbrarte
por un solo instante
y así abarcar
tu redondez grácil
con mis brazos
que ahora soportan
la pesada carga.
de esta tierra.

Percibo cómo
tus rayos movedizos
se elevan en medio
de un ciclón
de voraz energía,
deleite sin igual,
ingravidez total.
que arrasa
estos hondos
pantanos,
tan cortante
y estridente
como los graznidos
de ánades al alba,
que conozco bien
porque han aterrizado
en estas cálidas
aguas sureñas
huyendo de
de Minnesota gélida
y en su desvarío
graznan toda la noche
hasta la madrugada.
Como yo,
ellos añoran
tus besos de plata
para calentar
su exhausto corazón
de aves migratorias.

Esta noche,
empero,
eres toda una reina cajún
que subyuga
e hipnotiza
con su aroma
de madreselva en flor,
fingiéndote difícil
de conquistar…
Y como cualquier
tonto de capirote,
aquí me tienes
de rodillas
implorándote…..

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Tonight she is tentative
hiding behind
a gray shawl
that turns her
round and round,
a dancer knowing
all the steps
but fleeing –
way too shy
for her amazing
glorious
overwhelming
beauty…..
I wait in the dark
for just a glimpse,
so that I may
take her round grace
into my heavy
earth laden arms :

I  have felt her shifting
beams lift me
into a cyclone of
pure ravenous
energy
of delight,
of  weightlessness
hurling bright
through the thickest
of these swamps –
piercing and shrill
as the common loon’s
early call.
I know he’s landed
in these warm
southern waters
running from
the Minnesota cold,
and in his lunacy
sung to you
all night
into the early morn:
like me
he longs for your
silver kiss to warm
his tired mid western
heart.

But tonight,
you’re a Cajun
queen –
mesmerizing,
tantalizing,
scented by
the blooming honeysuckle,
and playing hard to get;
and like every other
humble fool
you’ve got me
square on,
on my knees
begging for some….

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They call this the day of lovers,
and so to you I turn:
Lover,
friend,
companion.
Through the tide
of these days,
few
as yet,
your face
lit –
bathed
sharp
in its radiance,
like the peak
of a winter sunset,
while,
I stand
in dimmer shade,
unfocused
in the
vague
light
where
shadows
freely
drift
in
and
out.

We’ve stood,
side by side-
each dancing,
alone,
but somehow
hearing the same music:
note
after
note,
even from the first –
so,
now,
let us merge the colors
into one long radiant sky,
and
like the evening’s canvas
find our reflections
wildly
confused
in each other’s light.

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For 5.99 they can sell you
the future
per minute
per doubt.
A phone call
that can cast
clouds just past
your peripheral vision
gray turned into
colors
variant
bought
easily.

For just 5.99
time  manipulated
by the flip of the wrist
inverted
squared away
cleanly
tidy
ready for immediate delivery.

The dog
hasn’t blinked
this past hour,
curled at my feet,
little air pockets
swirl around
her black muzzle.

She knows
these tricks,
but chooses to hold
tight to the earth’s
constant
comforting
rotation.
Her paws flinch
as she runs
in place
in time
toward some final hunt.

Besides, she doesn’t have 5.99

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